Menos mal que empieza el buen tiempo y con él podremos empezar a decir a los virus. Esos virus que tanto nos hicieron sufrir hace unas semanas. Esos virus a los que esperamos no volver a ver, nunca más. 

A los pocos días de nacer la Birkiki, acudimos al médico con el Miniser porque tenía más mocos que una fábrica de Blandiblu y una tos perruna que daba miedo. La pediatra nos dijo que tenía bronquiolitis, que la administráramos unas gotas vía oral, le hiciéramos abundantes lavados nasales y si tenía fiebre la diéramos el pack ibuprofeno-paracetamol. Eso hicimos, sin pensar ni nosotros ni ella en la pequeña que esperaba en el capazo. Pasaron los días y a medida que él iba dejando mocos como un caracol por todos lados, ella los iba cogiendo, poquito a poco, cada día se la notaba respirar con algo más de congestión. Empezamos a hacerla lavados a ella también, por aliviarla un poco y que pudiera comer mejor, más cómoda. Pero los mocos iban en aumento. Hasta que un domingo acudimos a urgencias porque ya no había manera de quitarla aquella mucosidad para que respirara bien.

Una vez allí, la examinaron, nos preguntaron si tenía hermanos menores de dos años con catarro y contestamos que sí, sumaron dos más dos, ya que la bronquiolitis tiene en ese rango de edad su caldo de cultivo, realizaron un cultivo de la mucosidad que tenía y nos dieron un informe con el diagnóstico: Bronquiolitis moderada, producida por el virus sincicial respiratorio, en el que había dado positivo. Al menos, no tenía más virus que ese, pensamos. Estaría unos días mocosa perdida como el hermano y ya. Las pautas que nos dieron fueron breves, hacerle lavados nasales antes de cada toma, tomas más cortas y más frecuentes y vigilar la fiebre. Si ésta llegaba a los 38 grados en el recto darla paracetamol y  volver a urgencias.

Una vez en casa hicimos lo que nos mandaron. Pero al día siguiente la cosa se complicó. La miraba la fiebre constantemente porque había algo que no me dejaba estar tranquila. Tenía demasiado moco por más que la limpiara con suero, pero lo que más me causaba desasosiego era lo adormilada que estaba. Apenas se despertaba para comer, la ponía al pecho y enseguida se volvía a dormir sin casi comer. A media tarde, el termómetro marcó 38 grados justos en el recto. No esperé más y me marché de nuevo al hospital. Pensábamos que nos darían un antibiótico (ignorantes de nosotros) o que la volverían a hacer un buen lavado como el día anterior y poco más. Por eso, cuando el pediatra que la valoró llamó a un colega para una segunda opinión me empezó a oler mal, pero cuando me dijo que se tenía que quedar ingresada se me cayó el mundo encima.

Por mi trabajo sé lo que había en la planta a la que nos dijeron que la iban a llevar, allí están los Cuidados Intensivos de Neonatos. No entendía que lo que ayer eran unos mocos que quitar con suero hoy fuera algo tan grave. Y menos entendía las palabras del pediatra que nos recibió en una sala privada cuando nos explicaba que al ser algo vírico poco podían hacer más que darla apoyo respiratorio, que era algo que ella tenía que tener fuerzas para pasar. ¿Cómo iba a tener suficiente fuerza una chiquitina de catorce días? Este mismo pediatra, con mucha amabilidad y profesionalidad, nos explicó cómo sería el proceso, cómo empeoraría los tres o cuatro primeros días y entonces, se podría ver la evolución. Nos avisó que no nos hiciéramos ideas de cuánto estaría ingresada porque no era cuestión de poco, y con esperanza pero sin pillarse los dedos, nos comentó que la inmensa mayoría de los niños lo superan sin secuelas, pero que la poca edad era un factor de riesgo a tener en cuenta.

Ahí nos quedamos, solos en una sala a digerir lo que acabábamos de escuchar. Pasado un rato vino una enfermera a buscarnos para llevarnos a donde ella estaba. Por el camino nos fué preparando para lo que íbamos a ver. Llegamos, y en una camita de hospital de reducidas dimensiones estaba ella, llena de cables, respiradores y máquinas alrededor que con pitidos y sonidos rompían el silencio de la habitación y nuestros corazones. Verla así fue muy duro. Duro el no saber cómo poder ayudarla, verla tan frágil luchando por respirar. El personal de la planta nos explicó con mucha paciencia las normas que debíamos cumplir. Y así empezó la semana más larga de nuestras vidas.

La evolución de la enfermedad fue tal cual la pronosticó el pediatra, empeorando los primeros días, por lo que hubo que ir cambiando de respiradores, por suerte sin llegar a tener que intubarla, se complicó con otra sobreinfección por neumonía para luego mantenerse estable y empezar a recuperar. Nos dejaban estar allí las 24 horas del día si queríamos, y estuvimos todas las que pudimos, pero claro, teníamos otra atención que prestar. El Miniser notaba nuestra falta, demasiadas ausencias en poco tiempo, por mi ingreso hacía dos meses, los días del parto, la llegada de una hermana… demasiadas emociones en poco tiempo. Así que nos propusimos que su rutina se viera afectada lo mínimo. Al despertarse yo estaba en casa, como siempre. Le dejaba con sus abuelos y para comer llegaba su padre. Después de comer me quedaba yo con él un rato en le parque mientras papá acompañaba a la pequeña. Nos íbamos a casa a cenar los tres, a la cama, y entonces yo me escapaba de las sábanas para pasar la noche con la chiquitina. El fin de semana cambiamos los turnos, el padre pasaba las noches en el hospital y el día con nuestro gran pequeño bebé, para estar los dos con los dos, que ninguno se sintiera solo. Así ocho largos días.

Esa semana aprendimos muchas cosas: lo importante que es un buen lavado de manos y la cantidad de contagios que podríamos evitar si lo hiciéramos más a menudo. Aprendimos a valorar lo que realmente vale la pena en la vida. Descubrimos lo que es el miedo, el pánico verdadero. Y también la felicidad, el verdadero alivio, con cada pequeño progreso, con cada avance. El día que le dijeron al papi que si quería darla el biberón él (tras varios días a dieta) le volvieron a temblar las manos. Cambiarla el pañal o cogerla en brazos era como hacerlo de nuevo por primera vez. Mascarilla tras mascarilla, gotero a gotero, fuimos viendo luz a lo lejos. Fueron reduciendo la maquinaria hasta quitarla todos los cables y tubos que tenía en su cuerpecito. Ya podía respirar y comer ella solita. Estaba despierta, atenta, tranquila. Cuando estuvo así más de un día entero, sin fiebre desde varios días atrás y comprobaron que podía mamar sin problemas nos dieron el alta.

Llegar a casa de nuevo los cuatro fue un nuevo comienzo. Al pasar el umbral y encontrar la sensación reconfortante de estar juntos y sanos, decidimos disfrutar de cada momento y dar valor a lo que de verdad importa.

 

* No puedo terminar este post sin dar las gracias de corazón a todas las personas que nos mostraron su apoyo y cariño a través de llamadas, mensajes, atenciones. Gracias por estar ahí. Gracias también a todo el personal de la séptima planta del Hospital Cantabria por su profesionalidad, paciencia y ternura, hacia los niños y hacia los padres. Gracias por hacerlo todo más fácil. Y por último gracias a todas esas personas del 2.0 que ante la ausencia os preocupasteis de saber el porqué y me animasteis. Gracias a todos.