Llevo unos días que me noto afectada por este síndrome tan propio de película de Hollywood. Mi cuerpo está secuestrado por un pequeño ser. Esta pequeña tirana lo ha modificado, me impide descansar, me dicta lo que puedo o no comer, rige mis horarios y mis rutinas. Tengo unas ganas tremendas de ser liberada y recuperar la potestad de mi organismo y sin embargo, quiero que se quede conmigo y me siga haciendo sentir bien. Quiero seguir secuestrada.

En el síndrome de Estocolmo los rehenes crean un vínculo emocional con sus raptores y un sentimiento negativo hacia las autoridades que intentan liberarlos. Eso mismo me pasa a mí. Que pese al insomnio, la pesadez, el ardor de estómago, las estrías, la retención de líquidos, la ciática que se ha alojado en mis lumbares… pese a todo esto y más, quiero a esa bolita que me da pataditas en el vientre recordándome que no lo hace por maldad, sino por necesidad. Y temo a las autoridades (sanitarias en este caso) que van a ayudar en el desalojo, no sé qué métodos usarán, pero temo que acaben entrando como los Geos. Y estoy convencida a que todos estos sentimientos son debidos a que soy consciente de que es mi último secuestro, mi último embarazo.

Ya sé que no se puede decir de este agua no beberé ni este cura no es mi padre, pero mucho han de cambiar las circunstancias de mi vida para volver a embarazarme en un futuro. Como madre, me planto con dos. Siempre dije que el número ideal de hijos como madre y de hermanos como hija son tres, pero la realidad es la que es y no hay más de donde tirar. Por eso, creo que sufro de este síndrome, porque sé que por muy molesto que sea dormir mal ladeada sobre una pesada barriga, andar como una tortuga con la cadera rota o que gran parte de tu vida social se limite a dar explicaciones sobre cómo te encuentras, lo poco que te queda y a escuchar historias de terror sobre embarazos y partos ajenos por más que tú te empeñes en sacar otros temas de conversación, sé que algún día, lo echaré de menos. Sentiré nostalgia de esas sensaciones en mi piel, de notar cómo crecemos juntas, ella dentro de mí haciéndome más grande no sólo el cuerpo sino también el corazón. Echaré de menos sentir cómo crece una vida, parte de la tuya desde el momento en que eres consciente de su presencia en tu interior.

A esta futura nostalgia que ahora las hormonas del Comando Revolucionario de la Ñoñez han abanderado, se une el sentimiento de culpa y traición que siento hacia mi pequeño  Miniser. Ese que día a día se siente privado un poco de mi atención, porque no puedo tenerle en brazos como quisiéramos los dos, porque no puedo pasarme horas tirada en el suelo jugando con él, porque se huele que algo está cambiando aunque no sabe qué es. Un sentimiento de traición qué se que es absurdo pero que no puedo evitar. Me digo que todo va a seguir igual, aunque sé que será distinto. Sé que estoy equivocada al pensar que nadie podrá igualar este sentimiento de amor animal e incondicional que me une a él, pero no soy capaz aún de entender cómo mi corazón se va a multiplicar si está habitado por completo por esos ojos verdes que últimamente me miran con más ternura.

No ha cumplido los dos años y pasará de ser el único a ser el Mayor, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. Un cargo demasiado responsable para asumir en ochentaycinco centímetros. Intentaremos que el cambio sea lo más llevadero posible, pero me pregunto cómo asumirá que habrá ratos en los que el “ahora no puedo mi amor” sean inamovibles. El de momento lo tiene claro, cuando le preguntas qué le va a decir a su hermana cuando la vea dice Adios. Qué sí, que la va a dar besos y abrazos pero que luego se vaya a su casa. Otro que quiere que mi cuerpo siga secuestrado. Veo que esto del Síndrome de Estocolmo, es contagioso…