De todo se aprende

Una piscina en la cocina

No me dá el cuerpo para más. Llevo varios días que a falta de que alguien me lo confirme, puedo asegurar que no estoy embarazada, estoy achacosa como si tuviera ciento tres años. Pero claro, según mi matrona como para no estarlo. Si lo recomendable en el embarazo es tomarte las cosas con calma y no hacer esfuerzos excesivos para no mortifcar músculos y ligamentos que están más sensibles, díme tú cómo cumples esas reglas con un Miniser de veintiún meses recién celebrados. Así acabé yo ayer, muertamatá y no eran ni siquiera las dos de la tarde, pero ya me había encontrado ¡hasta una piscina en la cocina!

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Las 5 cosas que: SI tuve pero esta vez NO voy a usar

Sigo en pleno proceso de síndrome del nido, viendo pelusas en las esquinas más recónditas y ordenando la casa como si fuera a llegar en cualquier momento los de alguna revista de decoración para hacer un reportaje. Así que en mitad de este proceso de reorganización de armarios y juguetes entre otras cosas, continúo con mis mini listas de cosas que sí o no tuve en el embarazo anterior y el planteamiento de si ahora las necesitaré de nuevo o podré prescindir de ellas.

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Nuestra evolución alimentaria (I)

alimentacion blwDurante el embarazo no leí apenas sobre cómo alimentar aun bebé, ni cómo dormirle, ni cómo criarle. Una amiga me dejó varios libros relacionados con estos temas, todos dentro de su gusto y el mío, siempre Anti-Estivill of course, pero si he de ser sincera, empecé a leerlos y en la quinta o sexta página abandonaba a esos autores para irme con otros que me atraían más como Almudena Grandes o Ken Follet. ¡Qué le iba a hacer, me entretenían más!. El caso es que de lo poco que leí, fue sobre métodos para dormir felices y nada sobre alimentación. En aquellos momentos pensaba dar el pecho y creía que ya tendría tiempo de ponerme al día sobre cómo ir introduciendo alimentos a su vida. Pero el tiempo pasa y los libros se van acumulando en la mesita de noche, por lo que la primera vez que leí sobre alimentación complementaria fue en la hoja informativa que me dio la pediatra al cumplir el Miniser los 5 meses y meses después, en blogs p/maternales sobre experiencias con un método llamado BLW que sin nosotros saberlo, habíamos adaptado a nuestros ritmos de manera creo que satisfactoria. Por eso, como sin haber tenido conocimiento alguno de los pasos a seguir para que un bebé pase de sólamente succionar una teta o un tetina, según el caso, a comer él solito alimentos sólidos como si no hubiera un mañana no se nos ha dado tan mal, quería dejar reflejada nuestra experiencia para quien le pueda servir y/o interesar.

Nosotros comenzamos con la lactancia materna en el hospital a los pocos minutos de nacer. Me aconsejaron ponerlo al pecho aunque no succionase nada, pero el contacto piel con piel y el instinto harían maravillas por nosotros. Pasadas las horas, seguimos con los intentos de lactancia. Hubo de todo un poco, frustración, dolor, cansancio, malas explicaciones… Pregunté a una enfermera si lo estaba haciendo bien ya que me dolía mucho y el Miniser no parecía comer muy convencido, y ella con bastante brusquedad, encajó la boca del niño en mi teta como si fuera un tapón a rosca y salió diciendo con aires de levante que ese niño se agarraba perfectamente, que no pusiera pegas. Como te puedes imaginar, las hormonas me acorralaron gritándome que era una torpe y sucumbí esa noche a pedir un biberón de ayuda, ya que de madrugada el pequeño tenía hambre y no me veía con fuerzas para dejarle sin comer por mi torpeza de no saber colocarle a la teta. Pero no quiso el biberón. Así que nada, lo seguimos intentando y ya a la mañana siguiente una profesional, de las de verdad, me dio unas pautas de cómo colocarnos los dos, que postura escoger y sobre todo, me dio cariño y ánimo, así que contínuamos con los inicios de la lactancia aunque aún no hubiera subido la leche.

Lactancia materna 4Ya en casa, según aterrizamos del hospital, seguimos las pautas que nos había dado aquella mujer tan amable, pero algo había que no terminaba de encajar. La leche había subido, ¡demasiado!, tanto que tuve que pedir prestado un sacaleches a una amiga porque los depósitos estaban a reventar, y yo, con mi habitual despreocupación no me había ni parado a pensar en las compras prenatales que tal vez necesitase aquel artilugio, así que deprisa y corriendo a pedir uno prestado. Pero como te decía, o le seguía colocando mal, o algo fallaba porque me dolía bastante. Así que ese mismo día, el día del alta, mi hada madrina en esto de la maternidad, mi amiga B. que hizo de matrona/doula/consejera espiritual a domicilio desde el momento en que acudí a urgencias, me trajo a casa unas pezoneras de silicona para que probara a ver si así la cosa funcionaba mejor ¡y vaya si funcionó! A partir de entonces fue chupar y cantar. Sin grietas, sin dolor, con leche para abastacer a una cafetería y un pequeñín con más hambre que Carpanta, fueron pasando los meses entre toma y toma, con tranquilidad y mimos.

Hasta que una tarde de verano, se le hizo la boca agua al ver a un amiguete comer sus primeras frutas…

Día Mundial del Sueño Feliz

Este pasado domingo 29 de junio se celebró el Día Mundial del Sueño Feliz. Una iniciativa que pretende desmontar el famoso método Estivill (que ni si quiera es suyo sino que se le apropió de dorma ruin) y que anhela fomentar hábitos de apego a la hora de que nuestros pequeños vayan a dormir. El evento consistía en escribir durante ese domingo 29 post, tuits o lo que se nos ocurriera bajo el hastag #desmontandoaEstivill para ser trending topic en las redes sociales.

Como siempre, llego tarde y a destiempo, pero quiero aportar mi granito de arena y mi opinión sobre este tema tan peliagudo.

dia mundial sueño felizAntes de ser madre ni pensaba en lo que era el colecho como tal ni me había planteado si el día que naciera mi prole compatiría con ellos (él, de momento) mi colchón y mi sueño. Llegado el momento, el primer día en que le tuve en mis brazos, fue en el mismo hospital donde me aconsejaron meterle en mi cama de noche para que se tranquilizara y dejara de llorar. Fue magia, casualidad, comodidad e inexperiencia, pero funcionó y me sentí fantásticamente bien dormitando en una cama incómoda y estrecha con mi pequeño al lado. Llegamos a casa y la inercia o la educación nos llevó a colocar una minicuna en el lado de mi cama. Una minicuna que poco usó. Los escasos lloros nocturnos, el placer de sentirnos unidos los tres al cobijo de las sábanas, el contacto piel con piel, una lactancia cómoda y relajada hizo que cada día, sin darnos cuenta, el Miniser pasara gran parte de la noche ocupando un gran espacio entre nuestros acongojados pero felices cuerpos. A medida que crecía, nuestro temor a hacerle daño disminuía a un ritmo inversamente proporcional al que aumentaban sus movimientos. Cada noche era un revoltijo de piececillos que se clavaban en la espalda, manotazos en la cara y arrumacos de cariño.  Varias veces nos planteamos cómo hacerle dormir en su cuna, intentando diversas artimañas que le respetasen. Pasarle a la cuna una vez dormido con nosotros, dejarle jugar en la cuna con nosotros a su lado para ver si se dormía solo, dormirle en brazos, con nosotros en el sofá o lo que surgiera en el momento, pero nunca, nuca, dejándole llorar.

Cuando un bebé llora por el día por hambre enseguida le saciamos, no le hacemos esperar. Si llora por miedo, por dolor, intentamos paliar su sufrimiento. ¿Por qué iba a ser distinto a la hora de dormir? ¿por propia comodidad nuestra? Opinábamos, y lo seguimos haciendo, que un bebé que se acostumbra a que cuando llora no le alivien no está entendiendo el porqué de la acción de sus padres, simplemente se está resignando. Además, si nos apetecía ¿por que no íbamos a dormir con él? ¿Cuando lo haríamos, cuando tuviera 15 años? Decidimos aprovechar el momento y actuar como nos pedía el cuerpo, a los tres.

Fue pasando el tiempo. Sus movimientos eran mayores y por temor a que se cayera de la cama le metíamos en su cuna mientras nosotros hacíamos vida de adultos tras la cena. Cuando se despertaba, le pasábamos a nuestra cama hasta la mañana siguiente. Pero cada vez el Miniser pasaba más tiempo en su cuna, sin despertarse pidiendo nuestro calor. Cada vez ocurría con más frecuencia que se encontraba inquieto entre nosotros, a gusto a la hora de conciliar el sueño pero imparable durante las largas horas de la madrugada. Cada vez, fue demandando su espacio con respeto hacia nosotros, y nosotros fuimos dándole ese espacio que demandaba con respeto hacia él.

Hoy, dieciséis meses después, sigue prefiriendo nuestro lecho y nuestra compañía para dejarse llevar por Morfeo, pero agradece expandiendo su cuerpecito en la cuna que le dejemos dormir solo. Cada mañana al despertar, reclama un tiempo de impass tumbado a nuestro lado, retozando relajado, planeando lo que le trae ese nuevo despertar. Sigue a nuestro lado, en su cuna, sinceramente creo que por mi propia comodidad, por mi propia nostalgia a verle crecer, pero con su propio espacio, sabiendo que está a un segundo de distancia de nuestros brazos.

Podría entrar en detalles de cómo el colecho es antropológicamente la forma natural de dormir los humanos durante los primeros años de vida, de cómo este hábito disminuye la probabilidad de muerte súbita del lactante, de cómo múltiples teorías psicológicas han demostrado que el colecho refuerza los vínculos y aporta seguridad a los más pequeños, de cómo el famoso método Estivill y otras técnicas conductivas intentan adiestrar a los bebés como animales sin tener en cuenta sus sentimientos y necesidades afectivas y lo que es peor, las consecuencias de sus actos. Podría, pero no quiero. Simplemente quiero dejar patente mi experiencia como madre primeriza, no como psicóloga ni educadora.

Cuando vuelva a tener hijos, volveré a colechar. Es algo que no podré disfrutar cuando se hagan mayores, una sensación de intimidad que no quiero dejar pasar. Colecharé hasta que ellos me lo permitan. Hasta que se sientan seguros y amados aún sin notar el roce de mi piel.

Respeto enormemente a quienes no quieran o hayan querido colechar, seguramente sus hijos no lo han necesitado. Cada uno sabe qué necesidades tienen sus pequeños y sólo espero, que las hayan respetado. Ya que para respetar no es necesario e imprescindible colechar, ojocuidao. Con respetar me refiero a atender las necesidades de sueño de nuestros pequeños sin dejarles llorar hasta que se den por vencidos y les gane la batalla bien el miedo, bien el cansancio o la frustración. El colecho ha sido nuestra opción pero cualquiera en la que todos los miembros se sientan a gusto es válida.

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