Síndrome de Estocolmo y otras neurosis de la preñez

Llevo unos días que me noto afectada por este síndrome tan propio de película de Hollywood. Mi cuerpo está secuestrado por un pequeño ser. Esta pequeña tirana lo ha modificado, me impide descansar, me dicta lo que puedo o no comer, rige mis horarios y mis rutinas. Tengo unas ganas tremendas de ser liberada y recuperar la potestad de mi organismo y sin embargo, quiero que se quede conmigo y me siga haciendo sentir bien. Quiero seguir secuestrada.

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No dejes para mañana…

La semana pasada he aprendido el verdadero significado del refrán que seguro has oído en mil ocasiones “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Ya sé que no hace falta ser un lumbrera para entender lo que quiere decir, pero hasta ahora, no me había parado a darle la importancia que merece.

Todo empezó la madrugada del domingo al lunes. Me desperté en mitad de la noche, algo habitual en estas últimas semanas ya que cuando no es la barriga que me pesa, es porque tengo sed o porque no encuentro postura. Mientras intentaba coger el sueño de nuevo, pensaba en los regalos que aún me faltaban por comprar para Reyes y que por pereza o falta de tiempo había dejado para última hora (ya era la madrugada del 5 de enero). Pensé también que mejor esperar a tener todo comprado para envolverlos junto a los pocos que sí tenía ya guardados pero sin empaquetar. Y entre esos pensamientos, caí en la cuenta que no podía dormirme y que la Birkiki llevaba varias horas sin dar señales de actividad. Me concentré en ella, en mi tripa, esperando notar el más mínimo movimiento que me indicara que todo estaba bien, pero este no ocurría. Me levanté y comí galletas con Colacao, a ver si el azúcar la hacía espabilar como tantas veces, pero nada, tumbada después sobre mi lado izquierdo tampoco lograba notar nada. Así que sin esperar más y haciendo caso a mi instinto me preparé para marcharnos al hospital. 

Una vez allí, y tras la eco pertinente, nos dijeron que todo estaba bien, pero tal vez andaba algo justa de líquido amniótico. Así que para un mayor control y poder valorar cuál sería la mejor opción para nosotras nos indicaron que me quedaba ingresada. ¡Se me cayó el mundo encima! Algo iba mal, pensaba yo. Además, entre un montón de pensamientos y sensaciones negativas me dí cuenta que me perdería los primeros Reyes del Miniser en los que sería consciente de en que consisten. Y para rematar, nos comentaron que según vieran la evolución de mi estado, tal vez hubiera que adelantar el parto mediante cesárea. ¿Cómo podía ser? No terminaba de encajar lo que me estaban diciendo.

Una vez en planta, tras varias pruebas más, nos aseguraron que no había que alarmarse. Que en caso de tener que adelantar el parto ella no correría peligro ya que tiene un peso estimado que ni si quiera necesitaría incubadora por protocolo. Que el resto de signos no indicaban motivos de preocupación, ya que su actividad era normal y que el líquido amniótico de la bolsa, aunque algo escaso, aun entraba dentro de los parámetros normales. Así que allí me quedé. Tumbada en una cama de hospital durante casi cuatro días. Haciendo reposo y pensando, todas las cosas que tenía planeadas para este último mes de embarazo y que tal vez no iba a poder llevar a cabo. Mi marinovio tuvo que preparar una mochila con cuatro cosas que se nos ocurrieron en el momento porque yo había dejado para rebajas lo de comprarme la bolsa maternal a la que había echado el ojo. Hasta que no la comprara, no pensaba preparar las cositas del hospital. En caso de que hubiera que adelantar el parto, ni un bodi tendría para ponerla a ella. Sólo un pijama que me habían regalado cuando supimos que sería niña. Sus compras, los preparativos, lavar la ropita que podría reutilizar de su hermano, preparar el carrito, todo, todo lo que se me ocurría, lo había dejado para hacer después, para cuando pasaran las fiestas. Claro que todos estos pensamientos los tuve una vez que sabíamos que no había peligro, que lo primero es lo primero y que me hubiera dado igual tener que volver a casa con ella andando y envuelta en una manta con tal de que todo hubiera salido bien. Eso que quede por delante.

Ahora ya estoy en casa. Tranquila y con reposo relativo hasta el final del embarazo. Disfrutando del Miniser, al que tanto eché de menos, aunque esto te lo contaré en un post aparte que aún estoy sensible. Intentando organizarme en lo que puedo para que no me vuelva a pillar el toro. Y de momento vamos bien. Hemos priorizado las tareas para que no se nos quede nada importante colgando en caso de tener que salir corriendo de nuevo.

Y para que no se me pase, intentaré dejar los post programados pero te aviso, que esta semana la temática va a ser algo sensiblona y sentimentaloide, pero sorry, tengo que desahogarme, no vaya a ser que no me de tiempo. Porque ya sabes el refrán,

No dejes para mañana… lo que puedas hacer/decir/disfrutar/vivir/compartir…. HOY!

 

Carta a los sanitarios que atenderán mi parto

Miedo me da pensar en el momento del parto. Al primero fui con incertidumbre, me pilló despistada y sin saber lo que me esperaba. Pero ahora… la cosa cambia. Como decía la Peineta en este post, ¡vaya suerte la de la novata! que no sabe dónde se ha metido. Pero yo, desde que el gine me dijo que seguramente este parto también se adelantaría ando temiendo que me pille in fraganti de nuevo y sin tiempo para aprender a desconectar la mente.

Y es que claro, en el primero no tienes referencias de cómo será tu parto. Has oído que duele, pero no debe ser mucho, porque mira todas las que repiten. Lo normal es que según se acerque el momento te encuentres con gente que te cuente historias más dignas de pelis gore y de terror que de partos idílicos, aunque al final te suelten que de todo se olvida en cuanto una mira a la cara a su retoño. Pero lo peor, es que estas historias, se duplican en tu segundo embarazo porque hay muchas madres coraje que quieren que quede claro que su parto fue peor que el tuyo, que sufrieron más, las cortaron más y tuvieron más puntos que Nadal en el ranking de la ATP. Yo no quiero ser madre sufridora, quiero parto de película Disney como mucho, así que por eso, dejo este mensaje a los profesionales que atenderán mi parto, para que sepan mis preferencias y pueda haber una mejor relación entre nosotros. Eso sí, no os lo tomeis a mal, sin rencores.

Ya sé que vosotros habeis atendido cientos, miles de partos tal vez, pero no sé cuantos habreis vivido cada uno de vosotros en vuestra piel y os aseguro, aunque no haya visto de frente ninguno, que no es lo mismo verlo desde la barrera que sentirlo. Yo, ignorante de mí, sólo he vivido uno, pero ese, sumado a que llevo treintaycinco años conociéndome creo que me da algo de credibilidad para reconocer las señales de mi cuerpo. Así que hacedme un poco de caso cuando llegue al hospital y os comente que creo que estoy de parto. La primera vez estuvo bien la broma de no tomarme en serio por ser primeriza, guasones, que vaya risa cuando me deciais que volviera mínimo en dos semanas y terminé pariendo ese mismo día, pero ahora que se lo que me espera, bromitas las justas por favor.

Otra cosilla que me gustaría recordaros es que el dolor existe, como Teruel, y que si alguien se queja es por algo. No soy de las que acuden a urgencias porque tengan una tarde aburrida y quieran charlar con alguien, prefiero tomarme un café con una amiga, de verdad. Así que si me encuentro ante vosotros quejándome, pidiendo drogas, será que no soporto más el dolor. No me hagáis desear la epidural como si fuera una yonki sin dinero rogando a su camello que le fíe. Si lo que tenéis hecho es una porra a ver hasta donde resisto sin volverme loca, apuntarme en cagonasinaguante y acabemos con esto cuanto antes. Además, que la excusa de que las primerizas exageran y que las segundonas ya no la necesitan no cuela. Y si es por ahorrar, que la Seguridad Social está muy mal, prometo no volver a hacer gasto de ella en los próximos 20 años por lo menos.

Parto Maitena

Entiendo también que pueda haber estudiantes aprendiendo en ese momento, pero espero que mi dilatación no se convierta en el medidor de dedos oficial, comparando si a uno le entran tres o cinco en mi pozo del amor, ni en motivo para aprender técnicas nuevas que seguramente no hagan falta. Lo mismo digo del momento del expulsivo: no teneis que usar todos los artilugios que hay en el paritorio, de verdad que no es necesario. Seguro que algunos son muy chulos y molones, yo no sé ni para qué son casi ninguno, pero si alguno quiere practicar con pinchos, tenazas, ventosas y demás aparatejos que los use en sus orificios y no entre mis piernas, así luego pueden estudiar de paso cómo intentar sentarte durante un mes seguido sin que te duela nada.

Como veis, no pido mucho, o eso me parece a mí. Un poco de paciencia y de comprensión por vuestra parte. Yo por la mía intentaré no olvidar que tal vez llevéis muchas horas de turno, que tengáis vuestros problemas personales sobre la espalda sin poder separaros de ellos, que para vosotros, todo lo que ocurra será una rutina, un parto más. Pero espero que por la vuestra, podáis tener presente que mi cuerpo va a transformarse, a sufrir, que voy a conocer y ver por primera vez a quien va a duplicar mi corazón, que mis hormonas estarán montando un aquelarre de sentimientos en mi cabeza y que seguramente, ganas de juerga y bromas, no tenga muchas.

Atentamente,

una madre novata de nuevo.

#RetoMes de Octubre: de Miedo

No siempre tengo tiempo para participar en  esta iniciativa, pero ahora que el otoño nos mete las rutinas en el cuerpo parece que me voy organizando mejor para sacar huecos libres de aquí y de allá. Así que no he perdido oportunidad de sumarme este mes a la propuesta que planteó Una Mamá muy Feliz en la que nos retaba a preparar una receta típica de esta época y además, hacernos una foto degustándola pero disfrazadas de algo relacionado con el terror, pero aquello de estar a punto de celebrar Jalogüin.

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