El 16 de febrero de este año me dirigí, como todos los lunes anteriores durante las últimas seis semanas, a realizarme una prueba de monitores y a consulta con el ginecólogo. Ese lunes cumplía la semana 41 de embarazo, pero nada me hacía pensar que no iba a llegar a casa a comer. 

Llevaba días cansada, agotada, con molestias, pero yo lo achacaba a que a esas alturas era difícil estar ágil con el tremendo barrigón que me gastaba y que tras el ingreso por bajo líquido amniótico no había terminado de recuperar todas las fuerzas. Para reponerme, dejé preparada en casa una fabada, ya que a No soy una drama mamá la vino genial para ponerse de parto. La prueba de monitores fue bien. Nada reseñable ni fuera de la normalidad. Al pasar a la consulta, fue donde me llevé la sorpresa: bueno –dijo la ginecóloga tras la eco y un pequeño tacto vaginal, –pues te vas a quedar porque ya estás de parto. ¿Cómo? La cara que se me quedó debió ser un poema. Vale que en la semana 41 ponerme de parto era lo más normal del mundo, pero pensaba que notaría algo distinto a lo que llevaba sintiendo varias semanas atrás. Estaba dilatada de 4 centímetros, con casi el noventa por ciento del cuello del útero borrado y muchas contracciones, sólo que irregulares. Estás a punto de romper la bolsa -me dijo la gine -si te vas a casa en menos de dos horas tendrás que volver así que mejor ya te quedas. Mientras iba hacia el mostrador de urgencias con los papeles del ingreso, me imaginaba otro parto inducido, de mil horas, así que el no localizar al costillo en el móvil tampoco me causó mucha preocupación: tendría tiempo de sobra para llegar al parto. ¡Qué equivocada estaba!

Ya en la sala de dilatación, llegó la que sería mi matrona, Rocío. Una chica joven, majísima y con un buen rollo increíble. Estuvimos hablando, sobre el parto anterior, dudas, miedos, el tiempo… y cada dos por tres venía a ver si necesitaba algo. Como mi marinovio seguía sin dar señales de vida dejaron que estuviera acompañada por mi madre hasta que él pudiera llegar. Justo ese día se había olvidado el móvil en el coche, así que tardó un buen rato en ver que tenía millones de llamadas perdidas. Mientras, yo seguía dilatando con contracciones irregulares pero cada vez más dolorosas. Me pusieron algo de oxitocina, una dosis mínima me dijeron para regular el ritmo de las contracciones. Llegó un momento en que aunque aún podía aguantar el dolor, pedí la epidural. Sufrir por sufrir es tontería y no fuera a ser que cuando la quisiera ya no pudieran ponérmela, aunque qué sabía yo que no me iba a valer para nada. Cuando llegó la anestesista, ya había llegado mi media naranja. Epidural a la de una, a la de dos, a la de tres! No, a la de cuatro, mejor a la de cinco… Total, que no acertaba a ponérmela y me empezaron a dar pinchazos como a una vaquilla. Me bajaba un fuerte dolor por la pierna izquierda, movía el catéter (o lo que fuera que me había metido) y sentía un pinchazo en la zona del hueso de la cadera. Un desastre. Al nosecual intento parece ser que acertó, pero no tenía muy claro cómo iba el aparato que dosificaba la anestesia, lo sé porque repetió un par de veces en voz alta ¿este cacharro como va?. Se quedó a esperar que me llegasen más contracciones para ver que no sentía dolor, y al decirla que sentía el mismo dolor que antes, respondió que ya iría haciendo efecto y se fué más ancha que pancha.

Un rato después, las contracciones eran fuertes y empecé a sentir unas ganas salvajes de empujar. Intentaba aguantar, pero era imposible, así que llamamos a la matrona y se lo comentamos. La extrañó que le dijera que tenía esa necesidad imperiosa de empujar y de cambiar de postura, quería ponerme de rodillas o de cuclillas. Echó un vistazo a la zona cero y dijo pero si ya estás lista, normal que tengas ganas de empujar. Pues nada cariño, empuja. ¿Aquí? pregunté yo. Pues sí, allí mismo me puse a empujar, y viendo la evolución que iba a llevar, otra matrona corrió a avisar que terminaran de limpiar el paritorio (ese día hubo overbooking) para pasarme allí por si hubiera alguna complicación. Mientras, me puse de rodillas en la cama, necesitaba colocarme en esa postura o cualquier otra que no fuera tumbada boca arriba. De esa guisa me pasaron al paritorio, y cuando pasó una contracción, me trasladé yo sola al potro a gatas, me dí la vuelta y me coloqué como me indicaron, aunque es verdad que mi matrona dijo que si era necesario parir a cuatro patas así sería, sin problema. Ahí fué cuando oí a una auxiliar susurrar a otra que si no me habían puesto epidural o qué, ya que tenía más movilidad (y sensibilidad) que una gimnasta en plena competición.

Cinco minutos largos, nada más. Al padre de la criatura casi no le da tiempo a entrar en lo que se ponía el equipaje verde de quirófano. Pocos empujones, dolorosos pero rápidos, rapidísimos. Un mínimo desgarro en vertical que apenas necesitó un par de puntos. Sin episiotomías, sin instrumental, sólo con paciencia y mucho cariño por parte de las matronas. Tranquilidad y ternura era lo que me transmitían en cada pujo, sin presiones, sin recriminaciones sobre cómo lo estaba haciendo. Un parto respetado, un parto feliz.

Cuatro horas después de llegar a monitores sin vislumbrar nada nuevo en mi cuerpo, tenía en mi pecho a una pequeña glotona que se abrazó a mí buscando comer nada más nacer. Volví a respirar ese olor a vida, a llorar de felicidad. Me había vuelto a enamorar.

P.D. parece que el truco de la fabada funciona, a mí ya ves, no me hizo falta ni catarla, sólo con pensar en el banquete que me iba a dar fué suficiente!! 😉