No me dá el cuerpo para más. Llevo varios días que a falta de que alguien me lo confirme, puedo asegurar que no estoy embarazada, estoy achacosa como si tuviera ciento tres años. Pero claro, según mi matrona como para no estarlo. Si lo recomendable en el embarazo es tomarte las cosas con calma y no hacer esfuerzos excesivos para no mortifcar músculos y ligamentos que están más sensibles, díme tú cómo cumples esas reglas con un Miniser de veintiún meses recién celebrados. Así acabé yo ayer, muertamatá y no eran ni siquiera las dos de la tarde, pero ya me había encontrado ¡hasta una piscina en la cocina!

Y es que para mí que las sábanas de las cunas y camas infantiles tienen una especie de superproteínas que así, aleatoriamente, se infiltran en los cuerpos de nuestros retoños mientras duermen  y hacen que de la noche a la mañana hayan crecido asombrosamente sin habernos dados cuenta. Lo de crecer de la noche a la mañana es literal, porque me apostaría una mano a que hace dos días el Miniser no alcanzaba al lugar donde ayer alcanzó. Te pongo en antecedentes.

Desde que la Birkiki ha decidido ser como el menú de un restaurante de lujo, es decir, tajada pequeña en plato grande, y la barriga en la que habita hace tiempo que me eclipsó los pies, a los que miro de reojo algún día desde la cama por si las uñas necesitan un repaso, como te decía, desde entonces, mis movimientos son más limitados, porque cuando no me tira aquí, me pesa allí o me duele el otro lado y mis andares son como los de mamá pingüino. Así que no estoy para luchar diariamente con el Miniser e impedir que me desmorone la casa mientras intento poner algo de orden y concierto cada mañana. Por eso, he ido adquiriendo trucos paliativos que aunque causen algún daño colateral, es un mal menor. Uno de estos trucos es, mientras cocino, para que no me haga inventario de cazuelas y luego tenga que pasarme un buen rato guardándolas de nuevo agachándome a por ellas, y ya de paso, para tenerle controlado en mi campo de mira y que no tenga que estar pendiente de qué hace por casa, se sube a una silla de la cocina y se queda jugando en el fregadero. Antes tomamos unas medidas simples: alfombrilla de cocina o baño en el suelo y baby de plástico puesto para evitar mojarse la ropa. Le dejo algún cazo, sus cacharritos de plástico y algo de agua para que juegue a hacer trasvases y cosas así en el fregadero. Suele caer algo de agua al suelo, pero es poca cosa y la alfombrilla lo absorbe sin problemas. Hasta ayer, la cosa funcionaba. Durante su juego y a medida que el agua iba consumiéndose entre el desagüe y los alrededores me pedía más agua. A veces se lo daba o a veces le distraía dándole algún trozo de alimento que estuviera preparando para que jugase a cocinar. No había problema porque por más que se estirase no llegaba hasta el grifo. Pero ayer… ayer se despertó con el ingenio subido y unos centímetros más en su pequeño cuerpecito, eso tuvo que ser, sino, no me lo explico.

Estábamos tal como te he contado, como tantos días atrás, en la cocina preparando el avituallamiento diario, cuando me llama mi jefa por teléfono para interesarse por mi estado y por la fecha en la que calculo que cogeré la baja. Me apoyo en la mesa para hablar con ella, sin quitar la vista del pequeño Aquaman que sigue trajinando con sus cosas en el fregadero. Es entonces, cuando veo cómo con una cuchara de madera que no recuerdo haberle dado pero que está comprobado que sí se la tuve que dar (otro daño colateral del embarazo, tener menos memoria que un pez), acerca el monomando del grifo poniéndolo en posición de ataque, lo más cercano a él. En ese momento estoy mirando pero no estoy viendo, la verdad, fui consciente de la maniobra un rato después, cuando ya estaba el lío montado. Mientras sigo dando por teléfono fechas de consultas, para calcular cuando dejaré de acudir a trabajar, veo cómo intenta llegar con su manita al mando del grifo pero como de costumbre, no puede. Me concentro en los papeles que me están pidiendo al otro lado del móvil, doy un paso para abrir un cajón y coger un papel y un boli sin percatarme de que se oye fluir agua. Empiezo a anotar algo que luego no sé dónde dejé mientras controlo que no se queme la salsa de tomate que sigue en el fuego y es entonces cuando lo veo, cuando me doy cuenta de que ha conseguido con facilidad pasmosa llegar al grifo y llenar de agua a buen caudal uno de los cazos con los que estaba jugando. Ingenua de mí, mientras mi mente atiende a la vez a la vitro y a mi jefa, pienso que va a empezar a trasvasar de nuevo ese agua a alguna sartén de juguete, pero no. Con una naturalidad extraña, como quien está haciendo algo rutinario, coge el cazo ¡con una sola mano! y haciendo un giro de muñeca que ni Nadal desparrama todo el agua en el suelo de la cocina.

Se me queda cara de pez, de pez bobo más concretamente, cosa bien acorde a la situación ya que se ha montado una piscina una la cocina. Cuelgo a mi jefa, intento coger rápido la fregona pero al abrir el armario escobero recuerdo que sigue mal organizado y que para sacar el cubo tengo que quitar antes la escoba, el castillo donde guardo las bolsas de plástico, un barreño… en fin, que tiro del caldero y dejo que todo caiga en el tendedero, total, por una vez más que me agache luego, mis riñones no creo que se puedan resentir más. Pensarás que no podía haber tanto agua en ese cazo, pero sí, lo había. Cerca del litro cómo pude comprobar más tarde, mientras el artista se echaba la siesta y yo seguí dando vueltas a cómo pudieron acabar empapados azulejos, el armario y hacerse semejante charco en el suelo.

Eso sí, con tanto trajín cuando quise apartar del fuego la salsa de tomate, me dí cuenta que tanto rato la había dejado en su punto, espesita y bien cocinada. Cuando quiera hacerla igual, tendré que pedirle al Miniser que me líe alguna de nuevo.